lunes, 15 de agosto de 2011

Un 37% más de familias pobres pide la renta básica de inserción


Un 37% más de familias pobres pide la renta básica de inserción

Un 37% más de familias pobres pide la renta básica de inserción

La crisis deja en riesgo de exclusión a 200.000 núcleos familiares - El solicitante ha cambiado: ahora es un desempleado que necesita ayuda para salir a flote

CARMEN MORÁN - Madrid - 15/08/2011
http://www.elpais.com/im/ico_separador_horizontal.gif

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Las rentas básicas de inserción, que cobran aquellas personas que no perciben ningún otro ingreso, han experimentado un gran despegue con la crisis. Si en 2007 apenas se habían incrementado un 0,40% respecto al año anterior, en 2008 ya subieron más de un 10%, y en 2009 el salto fue del 37,3%. A la luz de la información que están ofreciendo algunas comunidades, y de lo que opinan los expertos, no es aventurado calcular que el año pasado la cifra rondara ya las 200.000 familias. Los datos, a los que ha tenido acceso este periódico, son oficiales, es decir, las autonomías los han remitido así al Gobierno, aunque no se han hecho públicos. Lo mismo puede decirse de los números de 2010: el Ministerio de Sanidad y Política Social ya los ha recibido, pero aún no los ha dado a conocer.
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Alrededor de 2 de cada 1.000 personas perciben esta prestación
La paga se otorga una vez agotada toda la red social y económica
Las rentas de inserción, o básicas, las solicita el ciudadano en las oficinas de los servicios sociales públicos cuando no se dispone de ningún otro apoyo económico o se han ido perdiendo los que se tenían: primero el paro y después las demás ayudas que el Gobierno puso en marcha para paliar las consecuencias de la crisis. Los perceptores son familias que están en el umbral de la pobreza o en riesgo de caer en la exclusión. Cuando se llega hasta ahí es que se han agotado todas las redes que paraban la caída: familia, amigos, prestaciones públicas.
Marta, de Zaragoza, elige un nombre ficticio para salvar el estigma de la pobreza y contar que vive con su hija de seis años, a la que el padre dejó un día de pasar el dinero tras el divorcio. Era peluquera, pero la enfermedad se cruzó. Acaban de quitarle un riñón, así que el trabajo se esfumó. Ahora está "contenta", cobra 500 y pico euros y busca un empleo.
Estas pagas, que rondan cuantías de 400 euros, toman un nombre distinto en cada autonomía. Tal variedad nominal es a su vez indicativa de las muchas diferencias que existen entre comunidades en la gestión de esta ayuda. La perciben alrededor de dos de cada 1.000 habitantes, "una cifra muy pobre cuando se conoce que hay colas de gente esperando por ellas y que se está recurriendo a las organizaciones benéficas cuando falta el apoyo público al que deberían tener derecho", critica José Manuel Ramírez, presidente de la Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales.
Pero un dato distorsiona esa media: 25,44 personas de cada 1.000 la perciben en el País Vasco. En esta comunidad la Renta de Garantía de Ingreso (RGI) sobrepasa los 600 euros en algunos casos y también son beneficiarios los pensionistas cuyos ingresos son muy escasos. Cuando se trata de familias de tres o más miembros, el monto supera el 150% del salario mínimo interprofesional. Y puede haber complementos para pagar el alquiler de la vivienda. En este momento tienen 53.000 titulares de esta renta, con familia o sin ella, asegura el viceconsejero vasco de Planificación y Empleo, Javier Ruiz.
Pero la gran singularidad del modelo vasco radica en dos factores: que la renta es un derecho garantizado por ley para aquel que cumple los requisitos, y el fuerte vínculo del perceptor con la consecución de un empleo. "Es derecho y deber buscar y lograr un trabajo mientras se cobra esta renta, que en esta comunidad gestiona directamente el Servicio Vasco de Empleo", dice Ruiz.
Empleo y vivienda están considerados por los expertos los dos elementos fundamentales para evitar la exclusión social.
Pero en la mayoría de las comunidades, sin embargo, las rentas cada vez son menos de inserción y más básicas, es decir, su vínculo con el mundo laboral se va hundiendo y emerge apenas una esquelética prestación asistencial, que puede ser tan eterna como la marginación social del beneficiario. "Se están quedando escasas en la cuantía. Y hay disparidad en los requisitos que se piden para percibirlas. Antes de la crisis esta renta la cobraba gente que tenía un perfil difícil para encontrar empleo, pero ahora ha entrado en tromba una capa de población que ha perdido el trabajo y necesita ayuda para volver a encontrarlo y salir a flote. Son dos perfiles bien distintos", explica Ramírez, de la Asociación de Gerentes de Servicios Sociales. "El consenso social existe, todo el mundo está de acuerdo en que estas rentas deben tener una relación directa con el empleo, pero es cierto que hay perfiles que no alcanzan las condiciones que exigiría un empleador. A esta gente cabe exigirle criterios de inserción social, como que tengan a los hijos escolarizados, vacunados, etcétera. Quizá en esos casos la renta puede ser ilimitada. No sería algo tan costoso siempre que se atendiera bien la otra pata, la de los que han de volver al mercado laboral. En estos casos el criterio debe ser la inserción laboral, por encima de cualquier otro", sigue Ramírez. "Y quizá para ellos debería ser una renta temporal, que evite la tentación subsidiaria".
Marta sabe que debe buscar trabajo, y que ha de encontrarlo, porque su madre ya la ayudó cuanto pudo. "Esta paga no es para siempre. Además, si no lo encuentro tendría que vender mi piso o alquilarlo y vivir con mi madre. Y las dos estamos ya acostumbradas a vivir solas", se ríe.
En el País Vasco hay convenios con empresas de empleo experimental, de empleo protegido y programas de contratación preferente para perceptores de la renta de garantía de ingresos. Se trataría con ello de rescatar a aquellos cuyo perfil no está ligado por completo a la exclusión, pero no a los que tienen facilidades para encontrar trabajo en cuanto la economía se enderece un poco. "Algunos no lo conseguirán nunca, pero no solo hay que atender a los que están preparados para lograrlo. Si algo justifica la existencia de servicios sociales públicos es la atención a colectivos en riesgo, pero que presentan habilidades personales y motivación", dice Ruiz.
José Manuel Ramírez hace hincapié además en que no se debe olvidar la inserción social, es decir, acompañar estas rentas con los mecanismos necesarios para situar a esas personas, de nuevo, dentro de los márgenes sociales. Los expertos mantienen que la renta mínima debe preservarse y en su mayoría rechazan las formas cómo la Generalitat de Cataluña ha intentado cambiar la forma de hacer efectivos los pagos con el argumento de intentar combatir el fraude.

Mínimo común para la paga mínima

La renta básica no es, a priori, un derecho del ciudadano que el Estado tenga, por tanto, la obligación de proveer. Por eso su concesión está sujeta a la disponibilidad de dinero por parte de las Administraciones. Y en la actual situación de crisis, con las arcas públicas casi vacías, eso implica que en muchos de estos casos, hasta miles de ellos, se están derivando sin más a las organizaciones benéficas.
Pero en los últimos años este planteamiento está cambiando. Algunas comunidades autónomas han ido redactando leyes de servicios sociales que mejoran este aspecto. En el caso del País Vasco, por ejemplo, esta renta ya es un derecho. En otros territorios iban camino de ello, pero la crisis se ha cruzado en su implantación y no se han desarrollado las leyes.
El reto, dicen los expertos, es una ley estatal, un marco general que ponga unos mínimos comunes en este panorama. "Si el Estado es quien fija la cuantía que se percibe como salario mínimo interprofesional, también debería fijar la renta para toda España, al menos el suelo, sin perjuicio de que las comunidades las aumenten", señala Patrocinio de las Heras, que fue una de las responsables de la política social en los ochenta, cuando se pusieron las bases del cuarto pilar del Estado de Bienestar, los servicios sociales tal cual se conocen ahora. Y no solo con la cuantía han de establecerse unos mínimos comunes, también con los requisitos para acceder a estas rentas, dicen los expertos. Pero para esto es necesario que se libre un dinero a las comunidades, si no, ninguna querrá entrar en el asunto, sostienen. Pero ahora, cuando más atención necesitan las políticas sociales, más paradas están las reflexiones y la tijera está haciendo de las suyas. La red europea contra la pobreza (EAPN, en sus siglas inglesas) en la que participan delegaciones de unos 30 países, ya ha dado la voz de alarma. En su última reunión en Lisboa, en junio, redactaron un manifiesto donde se pide a los Estados que "obliguen a los bancos a asumir su parte del desastre y se introduzcan impuestos sobre las transaciones financieras para financiar la inversión social".
Y recuerdan la necesidad de establecer una renta mínima adecuada en el marco europeo. Parecidas reflexiones se recogen en el manifiesto de los trabajadores sociales firmado en mayo en Zaragoza.

Un 37% más de familias pobres pide la renta básica de inserción


Un 37% más de familias pobres pide la renta básica de inserción

La crisis deja en riesgo de exclusión a 200.000 núcleos familiares - El solicitante ha cambiado: ahora es un desempleado que necesita ayuda para salir a flote

CARMEN MORÁN - Madrid - 15/08/2011
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Las rentas básicas de inserción, que cobran aquellas personas que no perciben ningún otro ingreso, han experimentado un gran despegue con la crisis. Si en 2007 apenas se habían incrementado un 0,40% respecto al año anterior, en 2008 ya subieron más de un 10%, y en 2009 el salto fue del 37,3%. A la luz de la información que están ofreciendo algunas comunidades, y de lo que opinan los expertos, no es aventurado calcular que el año pasado la cifra rondara ya las 200.000 familias. Los datos, a los que ha tenido acceso este periódico, son oficiales, es decir, las autonomías los han remitido así al Gobierno, aunque no se han hecho públicos. Lo mismo puede decirse de los números de 2010: el Ministerio de Sanidad y Política Social ya los ha recibido, pero aún no los ha dado a conocer.
Alrededor de 2 de cada 1.000 personas perciben esta prestación
La paga se otorga una vez agotada toda la red social y económica
Las rentas de inserción, o básicas, las solicita el ciudadano en las oficinas de los servicios sociales públicos cuando no se dispone de ningún otro apoyo económico o se han ido perdiendo los que se tenían: primero el paro y después las demás ayudas que el Gobierno puso en marcha para paliar las consecuencias de la crisis. Los perceptores son familias que están en el umbral de la pobreza o en riesgo de caer en la exclusión. Cuando se llega hasta ahí es que se han agotado todas las redes que paraban la caída: familia, amigos, prestaciones públicas.
Marta, de Zaragoza, elige un nombre ficticio para salvar el estigma de la pobreza y contar que vive con su hija de seis años, a la que el padre dejó un día de pasar el dinero tras el divorcio. Era peluquera, pero la enfermedad se cruzó. Acaban de quitarle un riñón, así que el trabajo se esfumó. Ahora está "contenta", cobra 500 y pico euros y busca un empleo.
Estas pagas, que rondan cuantías de 400 euros, toman un nombre distinto en cada autonomía. Tal variedad nominal es a su vez indicativa de las muchas diferencias que existen entre comunidades en la gestión de esta ayuda. La perciben alrededor de dos de cada 1.000 habitantes, "una cifra muy pobre cuando se conoce que hay colas de gente esperando por ellas y que se está recurriendo a las organizaciones benéficas cuando falta el apoyo público al que deberían tener derecho", critica José Manuel Ramírez, presidente de la Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales.
Pero un dato distorsiona esa media: 25,44 personas de cada 1.000 la perciben en el País Vasco. En esta comunidad la Renta de Garantía de Ingreso (RGI) sobrepasa los 600 euros en algunos casos y también son beneficiarios los pensionistas cuyos ingresos son muy escasos. Cuando se trata de familias de tres o más miembros, el monto supera el 150% del salario mínimo interprofesional. Y puede haber complementos para pagar el alquiler de la vivienda. En este momento tienen 53.000 titulares de esta renta, con familia o sin ella, asegura el viceconsejero vasco de Planificación y Empleo, Javier Ruiz.
Pero la gran singularidad del modelo vasco radica en dos factores: que la renta es un derecho garantizado por ley para aquel que cumple los requisitos, y el fuerte vínculo del perceptor con la consecución de un empleo. "Es derecho y deber buscar y lograr un trabajo mientras se cobra esta renta, que en esta comunidad gestiona directamente el Servicio Vasco de Empleo", dice Ruiz.
Empleo y vivienda están considerados por los expertos los dos elementos fundamentales para evitar la exclusión social.
Pero en la mayoría de las comunidades, sin embargo, las rentas cada vez son menos de inserción y más básicas, es decir, su vínculo con el mundo laboral se va hundiendo y emerge apenas una esquelética prestación asistencial, que puede ser tan eterna como la marginación social del beneficiario. "Se están quedando escasas en la cuantía. Y hay disparidad en los requisitos que se piden para percibirlas. Antes de la crisis esta renta la cobraba gente que tenía un perfil difícil para encontrar empleo, pero ahora ha entrado en tromba una capa de población que ha perdido el trabajo y necesita ayuda para volver a encontrarlo y salir a flote. Son dos perfiles bien distintos", explica Ramírez, de la Asociación de Gerentes de Servicios Sociales. "El consenso social existe, todo el mundo está de acuerdo en que estas rentas deben tener una relación directa con el empleo, pero es cierto que hay perfiles que no alcanzan las condiciones que exigiría un empleador. A esta gente cabe exigirle criterios de inserción social, como que tengan a los hijos escolarizados, vacunados, etcétera. Quizá en esos casos la renta puede ser ilimitada. No sería algo tan costoso siempre que se atendiera bien la otra pata, la de los que han de volver al mercado laboral. En estos casos el criterio debe ser la inserción laboral, por encima de cualquier otro", sigue Ramírez. "Y quizá para ellos debería ser una renta temporal, que evite la tentación subsidiaria".
Marta sabe que debe buscar trabajo, y que ha de encontrarlo, porque su madre ya la ayudó cuanto pudo. "Esta paga no es para siempre. Además, si no lo encuentro tendría que vender mi piso o alquilarlo y vivir con mi madre. Y las dos estamos ya acostumbradas a vivir solas", se ríe.
En el País Vasco hay convenios con empresas de empleo experimental, de empleo protegido y programas de contratación preferente para perceptores de la renta de garantía de ingresos. Se trataría con ello de rescatar a aquellos cuyo perfil no está ligado por completo a la exclusión, pero no a los que tienen facilidades para encontrar trabajo en cuanto la economía se enderece un poco. "Algunos no lo conseguirán nunca, pero no solo hay que atender a los que están preparados para lograrlo. Si algo justifica la existencia de servicios sociales públicos es la atención a colectivos en riesgo, pero que presentan habilidades personales y motivación", dice Ruiz.
José Manuel Ramírez hace hincapié además en que no se debe olvidar la inserción social, es decir, acompañar estas rentas con los mecanismos necesarios para situar a esas personas, de nuevo, dentro de los márgenes sociales. Los expertos mantienen que la renta mínima debe preservarse y en su mayoría rechazan las formas cómo la Generalitat de Cataluña ha intentado cambiar la forma de hacer efectivos los pagos con el argumento de intentar combatir el fraude.

Mínimo común para la paga mínima

La renta básica no es, a priori, un derecho del ciudadano que el Estado tenga, por tanto, la obligación de proveer. Por eso su concesión está sujeta a la disponibilidad de dinero por parte de las Administraciones. Y en la actual situación de crisis, con las arcas públicas casi vacías, eso implica que en muchos de estos casos, hasta miles de ellos, se están derivando sin más a las organizaciones benéficas.
Pero en los últimos años este planteamiento está cambiando. Algunas comunidades autónomas han ido redactando leyes de servicios sociales que mejoran este aspecto. En el caso del País Vasco, por ejemplo, esta renta ya es un derecho. En otros territorios iban camino de ello, pero la crisis se ha cruzado en su implantación y no se han desarrollado las leyes.
El reto, dicen los expertos, es una ley estatal, un marco general que ponga unos mínimos comunes en este panorama. "Si el Estado es quien fija la cuantía que se percibe como salario mínimo interprofesional, también debería fijar la renta para toda España, al menos el suelo, sin perjuicio de que las comunidades las aumenten", señala Patrocinio de las Heras, que fue una de las responsables de la política social en los ochenta, cuando se pusieron las bases del cuarto pilar del Estado de Bienestar, los servicios sociales tal cual se conocen ahora. Y no solo con la cuantía han de establecerse unos mínimos comunes, también con los requisitos para acceder a estas rentas, dicen los expertos. Pero para esto es necesario que se libre un dinero a las comunidades, si no, ninguna querrá entrar en el asunto, sostienen. Pero ahora, cuando más atención necesitan las políticas sociales, más paradas están las reflexiones y la tijera está haciendo de las suyas. La red europea contra la pobreza (EAPN, en sus siglas inglesas) en la que participan delegaciones de unos 30 países, ya ha dado la voz de alarma. En su última reunión en Lisboa, en junio, redactaron un manifiesto donde se pide a los Estados que "obliguen a los bancos a asumir su parte del desastre y se introduzcan impuestos sobre las transaciones financieras para financiar la inversión social".
Y recuerdan la necesidad de establecer una renta mínima adecuada en el marco europeo. Parecidas reflexiones se recogen en el manifiesto de los trabajadores sociales firmado en mayo en Zaragoza.

domingo, 10 de julio de 2011

3º de tertulianés

Día 10/07/2011
ME he matriculado urgentemente, en plan curso de verano, en Tercero de Tertulianés, para no perder el salto en el arte de aprender a decir las mayores chorradas con la máxima solemnidad, gracias a los remoquetes de moda entre los analistas políticos, frases no significantes que dan lustre a las obviedades más de cajón. Mi urgencia por matricularme débese al hecho de que en agosto cierran las tertulias de radio y televisión, y no puedo enriquecer mi vocabulario con latiguillos que no dicen nada, pero que quedan completamente resultones.
Recordarán que aprobé Primero de Tertulianés con un brillante ejercicio en el que, siguiendo las divinas enseñanzas de esta partida de pedantes, me atreví a decir: «A día de hoy y hasta donde yo sé, falta ponerlo blanco sobre negro, pero es un asunto de mucho calado que va a tener un largo recorrido, y es por ello que depende de la deriva que tome, ya que según las fuentes que manejo y con la que está cayendo, creo que va a ser que no».
Poco más tarde me matriculé, como recordarán quizá, en Segundo de Tertulianés. Saqué sobresaliente con un examen final en el que escribí: «Aunque niego la mayor, quiero verbalizar que es un salto cualitativo importante. Se ha pasado de frenada y se ha pasado veinte pueblos, porque, corregidme si me equivoco, la gobernanza no puede ser entendida de ninguna de las maneras sin ser puesta en valor; puede que sea ético, pero no estético. Y a más a más, como dicen los catalanes: hay que priorizar esas opciones en el corto plazo, sí o sí».
Ya estoy, pues, en Tercero. Y en el poco tiempo que llevo en este curso, miren la cantidad de tonterías no significantes que he aprendido a decir:
Es una apuesta firme.
Hemos desplazado trescientos efectivos.
Siete puntos porcentuales.
Reformas estructurales.
Liderar.
La ironía no funciona en la radio.
Aquello es un parque temático de...
Gestionar la crisis.
En sede parlamentaria.
En sede judicial.
Para gustos, colores.
No quiero meterme en un jardín.
No quiero hacer un juicio de intenciones.
Le hace la ola.
Malo, no: lo siguiente.
Como verán, trátase ya de un Tertulianés Avanzado, de nota, con componentes dialectales, mechado de casticismos madrileñines y solecismos andaluces del arsa y olé, pero que funciona. Y divinamente. Vean, vean las tonterías tan gordas que he aprendido ya a hilar en Tercero de Tertulianés, con qué vacua solemnidad las digo: «Aunque no quiero hacer un juicio de intenciones ni meterme en ningún jardín, hay que liderar este proyecto que nos hará aumentar en catorce puntos porcentuales la cifra que se dijo en sede parlamentaria. A otros por menos le hacen la ola en sede judicial, pero esto puede convertirse en un parque temático de la incapacidad para gestionar la crisis. Aunque para gustos, colores, y aunque sé que la ironía no funciona en la radio, esta apuesta firme no es de pitorreo, sino lo siguiente».
¿Cómo se les queda el cuerpo? (Pues me imagino que más o menos como a mí cuando oigo a los truchimanes que tengo por catedráticos de Tertulianés...).

domingo, 19 de junio de 2011

Botín debe abrir la sucesión


La tempestad que en los últimos días y meses ha sacudido la cúpula del Banco Santander debe conducir a la apertura de un tiempo de cambio y renovación en la alta dirección de la primera entidad financiera de España en beneficio de la estabilidad y el buen nombre del banco, del dolido y en gran parte enfermo sistema financiero español –pendiente de la reconversión de las Cajas de Ahorro-, y también del prestigio de la deuda pública de España, frente al acoso de los mercados internacionales en este tiempo de sacudidas europeas y de alta tensión política y social en nuestro país.
No estamos hablando de la salud y fortaleza financiera del Banco Santander, que están fuera de toda duda y gozan de indiscutible crédito y prestigio, sino de aplicar las más que elementales normas del “buen gobierno” de las empresas españolas, para evitar cualquier tipo de crisis imprevista, alarma social o tormenta política, a sabiendas que estamos en vísperas del debate parlamentario del “estado de la nación” y de las elecciones generales.
Tormenta como las que se ha comenzado a desatar en el Banco Santander (y en su Junta General) con motivo de la denuncia e investigación judicial abierta contra Emilio Botín, su hermano Jaime e hijos de ambos (entre los que figura Ana Patricia Botín), a propósito de la inspección que la Agencia Tributaria realiza a los Botín durante un proceso de regulación de las cuentas opacas descubiertas en el banco HSBC de Suiza, que prueban que el presidente del Santander y sus parientes mas allegados defraudaron a la Hacienda pública española importantes sumas de dinero durante ¡18 años! –que podían haberse prolongado en el tiempo de no descubrirse dichas cuentas secretas-, sobre unos depósitos que podrían superar los 1.000 millones de euros.
Grave asunto este del fraude continuado al Estado español que no, por estar prescrito en muchos años o en proceso regularización el último lustro fiscal, debe ser despreciado como lo saben y entienden Emilio Botín y la dirección del Banco Santander. Asunto al que además y para colmo se le suma a la reciente condena penal con inhabilitación del Consejero Delegado del Santander, Alfredo Sáez, por el Tribunal Supremo –por denuncias falsas-, lo que daña y complica la credibilidad del máximo equipo directivo del Banco. Y todo ello por más que Sáez haya solicitado el indulto del Gobierno socialista (que en las circunstancias actuales no cabe imaginar) y planteado recurso de amparo al Tribunal Constitucional, muy difícil de admitir a trámite contra la sentencia del Supremo, en un tiempo en el que todas las miradas están puestas sobre esta discutida alta Corte del Estado.
En esta situación el Banco Santander, por su condición de líder del sistema financiero español, debería dar ejemplo. No en vano como “a la mujer del Cesar” –según lo relata Plutarco citando Julio Cesar- “no le basta con ser honesta sino que además debe parecerlo”. Y no solo ante los ojos (hoy día cegados) de los reguladores del Banco de España o la CNMV, sino también ante sus clientes, accionistas y trabajadores que a buen seguro apreciarían un relevo en la cúpula del Santander.
El que debería liderar un hombre de carácter y decidido como es Emilio Botín. Un excelente gestor y apasionado banquero, que tiene ante sí el reto final del cambio y su retirada, evitando cualquier atisbo de alarma social que pudiera dañar a una entidad que tanto aprecia y le debe pero que es sensible, como lo son los grandes Bancos, en estos tiempos donde las tensión de los mercados y las pasiones políticas y sociales están a flor de piel.
Estas cuestiones del fraude fiscal y de la condena penal respectivas de Botín y Sáez les resta legitimidad a ambos directivos del Banco a la hora de participar en el debate financiero. Y más aún en el social –como lo hicieron en últimos meses- exigiendo reformas y ajustes sociales para reducir el déficit español. Y debilita su posición ante el Banco de España, la CNMV y el Gobierno de la nación (el de ahora y el que vendrá del PP) por más que “controlen” los grandes medios de comunicación.
Ahora, por ejemplo, resuenan en evidencia las palabras que Botín pronunció el mes de marzo en la Moncloa para apoyar a Zapatero declarándose contrario al adelanto de las elecciones que solicita Rajoy desde la presidencia del PP y el liderazgo de la oposición. Botín apareció ante la opinión pública como paladín del presidente del Gobierno fracasado que, eso sí, tenía en su poder desde primeros de 2010 la noticia caliente del fraude fiscal continuado de los Botín. Noticia que finalmente vio la luz pero no por una conspiración política –como han pretendido algunos- sino puede que por errores cometidos en la regularización de las cuentas opacas correspondientes a los años 2004-2009.
Retirarse a tiempo y retirarse bien es algo poco habitual en la política y las grandes empresas o centros del poder. Lo hizo de manera ejemplar el primer empresario de España, Amancio Ortega, en Zara, y lo pudo haber hecho Botín en distintas ocasiones: por motivos de edad, o tras la fusión con el Banco Central Hispano que el mismo abortó con  una colosal indemnización a Amusátegui y Corcóstegi. Y puede que la mejor oportunidad se perdiera hace pocos meses y antes que su hombre en Londres, Antonio Horta, decidiera abandonar el Banco español para integrarse en la cúpula del Lloyd’s. Pero, en todo caso, el proceso renovador se debió abrir cuando les llegó, en julio de 2010, la noticia de la “captura” por la inspección de Hacienda de las cuentas secretas que Botín tenía en Suiza, a lo que luego se sumó la condena de Sáez.
Naturalmente, Botín y Sáez pueden tener la tentación de seguir como están pero mal harían si no reaccionan ante la nueva situación. Y mal harán quienes desde el Consejo del Banco, las asesorías jurídicas (cuidado con M. Cortés) o incluso desde la política digan al presidente y consejero delegado del Santander que no hay que dar un paso atrás, que ya pasó el peligro y que todo está bajo control. Porque para empezar en España ahora nada está bajo control, va a seguir abierto el proceso judicial y estamos bajo el volcán de la excitación política, social y electoral. Y el riesgo que se corre no es tanto de tipo personal como institucional, por  mas que los cazadores de “recompensas electorales” no dudarán en buscar la cabeza de turco de la crisis en un banquero a título de trofeo y castigo ejemplar.
El Banco Santander está en una excelente posición y con una buena cuenta de resultados, y tiene en su organización un excelente equipo de alta gestión donde no será nada difícil encontrar sucesores al presidente Botín y al consejero delegado Sáez. Por ahí están personas de indiscutible prestigio como Matías Rodríguez Inciarte, Francisco Luzón y Javier Marín entre otros que hoy pueden asegurar sin ningún trauma interno o externo la transición, por más que ello altere la tradición “familiar” –mas propia de otros tiempos- de la entidad. Lo que no sería prudente ni inteligente es dejar las cosas tal y como están.

Republica.com - Diario de opinión e influencia – Botín debe abrir la sucesión

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